Huracanes peruanos

Por: Stefan Reich socio CLA Consulting Perú

 

Para entender el drama político peruano vivido en las últimas semanas debemos remontarnos al 2016. Si bien ese año Keiko Fujimori perdió las elecciones presidenciales, su partido -Fuerza Popular- logró la mayoría parlamentaria con 73 congresistas de 130.

El resultado de esas elecciones hizo que el frágil gobierno del flamante presidente Kuczynski tuviese que enfrentarse constantemente a los embates de la oposición fujimorista. El desenlace fue la renuncia de Kuczynski en el 2018 y la juramentación de Martín Vizcarra, su segundo vicepresidente, como Presidente de la República interino hasta las elecciones del 2021.

Cuando Vizcarra juramentó muchos pensaron que su gestión pasaría sin pena ni gloria por tratarse de un gobierno de transición. Sin embargo, rápidamente el nuevo jefe de estado demostró que había sido subestimado. Vizcarra apoyó los esfuerzos para poner al descubierto la corrupción del poder judicial respaldando el trabajo de los fiscales que valientemente llevaban el caso Lava Jato (el mayor escándalo por corrupción de las últimas décadas). Los supuestos nexos entre la cuestionada empresa brasileña Odebrecht y Keiko Fujimori hicieron que la ex-candidata fuese enviada a prisión preventiva en el 2018. Como si esto no fuera suficiente, el vendaval político peruano llegó a su punto más dramático cuando el ex-presidente, Alan García, se suicidó en su vivienda al verse acorralado por su supuesta vinculación en el caso Lava Jato.

Vizcarra continuó librando una guerra frontal a la corrupción en el 2019. Ese año se abrió un nuevo capítulo con el polémico respaldo –por parte de la oposición– de cuestionados jueces como miembros del Tribunal Constitucional (máxima instancia de la justicia peruana). Vizcarra, quien durante su gobierno gozó de gran respaldo popular por su lucha contra la corrupción, optó  luego de agotar todas las posibilidades de diálogo- por cerrar el congreso. Esta medida, respaldada por la Constitución del ́93, hizo que llame a elecciones para constituir un nuevo Congreso de la República.

El resultado de los comicios fue un parlamento atomizado. Todo parecía prever que –ahora sí– Martín Vizcarra tendría algo de respiro hasta el 2021. Sin embargo, una nueva tormenta no tardó en desatarse en el ajetreado escenario político peruano. Esta vez, muchos congresistas vieron sus intereses económicos amenazados por una reforma educativa que buscaba poner fin a la proliferación de universidades de mala calidad en el mercado peruano. También es cierto que una parte de la población empezó a cuestionar el manejo económico y sanitario del Ejecutivo en un país que ha sido de los más afectados en la región por la pandemia del COVID-19. A ello hay que sumarle que las especulaciones de corrupción por parte de Vizcarra no se hicieron esperar dejando al gobierno en una posición de gran vulnerabilidad.

De hecho, después de un primer intento para sacar a Vizcarra por su relación con el pintoresco cantante “Richard Swing”, el congreso aprobó la vacancia del presidente por un supuesto soborno recibido durante su gestión como Gobernador de la región de Moquegua.

El caso –que aún no cuenta con una sentencia y que continúa siendo investigado– llevó a la renuncia del Presidente en noviembre de este año.

Ante este escenario, Manuel Merino, quien fuera Presidente del Congreso y que gozaba del apoyo de las bancadas que votaron a favor de la vacancia a Vizcarra, juramentó como nuevo jefe de gobierno. Para muchos, este hecho fue una afrenta directa al orden democrático, y miles de peruanos en distintas partes del país se volcaron hacia las calles para expresar su rechazo e indignación ante lo sucedido. Las marchas –en las que murieron dos jóvenes– trajo abajo al fugaz Merino. Luego de unos días de incertidumbre política, Francisco Sagasti –un político de centro, que había votado en contra de la vacancia de Vizcarra y con credenciales democráticas– tomó las riendas del Ejecutivo prometiendo llevar al Perú hacia una transición ordenada de cara a las elecciones del 2021.

¿Cuál ha sido el resultado de estos meses de convulsión para los peruanos? El drama político vivido ha dejado a la ciudadanía extenuada y con un gran malestar hacia las élites políticas del país. El desorden político -así como el durísimo impacto de la pandemia en la salud, la economía y la psique de los peruanos- han sido tremendos.

Pero también estos meses han evidenciado algo que los peruanos ya sabíamos: la falta de liderazgo por una parte importante de nuestras autoridades políticas. Lo que hemos visto ha sido una élite política al servicio de intereses personales o partidarios y alejada de su propósito como servidores públicos. La lucha contra la corrupción, la reforma integral de la salud, la creación de un sistema educativo moderno y digital, son tan solo algunos de los grandes desafíos adaptativos que tenemos los peruanos por delante y que sin abordarlos seguiremos condenados al subdesarrollo.

Pero si bien es cierto que el orden democrático ha vuelto, el Perú llega a las postrimerías del 2020 con una sociedad polarizada y dejándonos a la merced de los impulsos demagógicos y populistas que siempre han tenido asidero en un país históricamente fragmentado y de liderazgos políticos oportunistas.

¿Quiénes han ejercido el liderazgo en estos días? Paradójicamente, muchísimas personas sin autoridad política formal. El liderazgo llegó desde una ciudadanía que –desde su indignación y valentía– cambió la historia. Esa ciudadanía, compuesta por grupos diversos –y que incluía a padres de familia, estudiantes, maestros, periodistas, empresarios, entre otros– logró impedir que nos olvidemos de hacer frente a otro de los grandes desafíos adaptativos que tenemos pendientes como nación: la consolidación de nuestra democracia.