Derivadas, integrales y las brechas de género en los estudios

Desde una anécdota personal, Lucía Colunga, consultora en Chile, reflexiona sobre los contenidos en los programas de educación que atentan contra la inclusión, perpetuando y aumentando diferencias entre hombres y mujeres.

Por Lucía Colunga, Consultora Asociada

 

Estudié en un colegio de Buenos Aires, en Argentina. Siempre me fue bien, pero mentiría si dijera que fui buena alumna; estudiaba lo suficiente sobre lo que me interesaba. Debo confesar que me gustaba pasarla bien, hacer un poco de lío y cuestionar a la autoridad cuando algo no me hacía sentido.

Terminando el último año de secundaria, y para dar fin al programa académico, en matemáticas nos tocaba aprender Derivadas e Integrales. Ya quedaban pocas semanas para terminar el colegio y yo no le veía ningún interés práctico al tema. El promedio me daba para sacar un 1 en la última prueba y no reprobar el ramo. Así que opté por no prestar atención en esas últimas clases y entregar la hoja en blanco en el examen final.

De esa historia han pasado unos 20 años. Pero ya de adulta y en Chile, en una oportunidad en que iniciábamos un programa de Liderazgo Femenino, en el cual 40 mujeres de cargos gerenciales participaban para potenciar aún más sus habilidades en esta materia y prepararse para tomar puestos de alta dirección, me llamó la atención la historia relatada por una de las asistentes.

Esta ejecutiva había estudiado en el emblemático Liceo 7 de Providencia, una de las instituciones de educación pública –exclusivamente femenina– más prestigiosas del país. Mencionó que, a diferencia de sus amigos del Instituto Nacional, a ellas no les pasaron Derivadas e Integrales en el colegio, por lo que, si bien fue una buena alumna, no tuvo la posibilidad de obtener Puntaje Nacional en la PSU de Matemáticas, ya que no pudo resolver las preguntas referidas a estas materias.

De acuerdo con cifras de la Fundación 2020, lo que ocurre en la educación media y la universidad impacta directamente en la posterior vida laboral y salarial de las mujeres. Con diferencias de posibilidades entre género como la que relato, no resulta sorprendente conocer que en Chile sólo el 48% de las mujeres participa en el mercado laboral y que, además, en promedio, perciben una remuneración un 25% más baja en comparación a los hombres que se desempeñan en similares cargos.

Todavía defiendo mi acto de rebeldía de aquella vez que entregué la hoja en blanco. Pero gracias al testimonio de esta profesional, ahora veo que todo aquel estudiante que tuvo la posibilidad de aprender Derivadas e Integrales fue un privilegiado, una privilegiada. Significa que perteneció a un sistema que lo incluyó, que lo creyó capaz y que le dio las mismas posibilidades que al resto, poniendo a su disposición los recursos necesarios para alcanzar todo aquello que se propusiera.

Según McKinsey, una organización con mayor índice de diversidad de género tiene la posibilidad de acceder a una rentabilidad un 20% mayor que aquellas con bajo nivel de inclusión. Variados estudios recientes reflejan cómo una mayor diversidad en las empresas aporta mejores resultados, en términos de innovación, productividad, satisfacción de cliente, atracción de talentos, entre otras variables.

Inclusión de la diversidad tiene que ver con esto: con crear un entorno en el que todas las personas se sientan involucradas, respetadas y valoradas, tratándolas de manera justa, basándose en sus intereses y características únicas, más que en estereotipos que no hacen otra cosa más que perpetuar desigualdades y limitar posibilidades.