Así son – Diario Gestión Perú

Stefan Reich
Columna para el Diario Gestión Perú

La frase esconde una frágil autoestima que, a menudo, los peruanos usamos para evitar cuestionarnos a nosotros mismos.

En realidad, la frase “así son” esconde una frágil autoestima que, a menudo, los peruanos usamos para evitar cuestionarnos a nosotros mismos. Además, encierra una paradoja: enunciar una certeza con tanta contundencia muchas veces oculta nuestra ignorancia e incompetencia.

“Así son” niega los infinitos matices humanos, así como las razones detrás de las conductas del otro y de nuestros propios egos, pero, sobre todo, evita que aceptemos nuestros errores o fracasos.

Según los psicólogos cognitivos, el “sesgo de confirmación” es un mecanismo que corrobora todo aquello que calza con lo que pensamos y busca darnos la razón a nosotros mismos. En otras palabras, “así son” reafirma nuestros prejuicios, esos que evitan el fastidio de darnos cuenta de que nuestras ideas están incompletas o son imperfectas.

Por otra parte, para el psicoanálisis, el “así son” encierra aspectos que repudiamos de nosotros mismos y que proyectamos en el otro: nuestra suciedad, nuestra debilidad, nuestra locura, nuestra pequeñez, nuestra sexualidad no resuelta, nuestra corrupción.

En el mundo de las redes sociales, corremos el riesgo de agrandar nuestros errores al convivir con algoritmos y ‘likes’ que nos conducen a las tinieblas intelectuales y potencian nuestros prejuicios. En ese sentido, cualquier noticia que presente una evidencia contraria a lo que creemos es descalificada y tildada de ‘fake news’. Este pensamiento ciego es particularmente nefasto en personas que dirigen organizaciones y sociedades y cuya responsabilidad moral debería ser el progreso de muchos, incluso de los que piensan distinto.

Contrarrestar este riesgo va más allá de leer o buscar videos de personas que piensen diferente. Las redes sociales son frías, generan poca reflexión y mucha reacción. En el diálogo –aquello que solíamos hacer antes de que aparecieran los dispositivos electrónicos– percibimos la información a través de estímulos sutiles que enriquecen el procesamiento de la información. Percibimos gestos, escuchamos la musicalidad de las palabras y el intercambio está plagado de data que nos conecta o aleja de nuestro interlocutor. Ese elemento vincular, intuitivo y emocional –y que ha sido de suma ayuda adaptativa en nuestra subsistencia como especie– desaparece en las pantallas, privándonos así de mucha información relevante al momento de tomar decisiones.

Debería ser una prioridad tener cerca a personas que cuestionen nuestras ideas, que nos incomoden intelectualmente. Sin embargo, ese esfuerzo requiere de tiempo, curiosidad y presencialidad. Me temo que estos son activos devaluados en un mundo que prioriza la reactividad, la virtualidad, la superficialidad y donde el diálogo se ciñe a nuestro silo social, cancelando a cualquiera que piense distinto. En un contexto que requiere más que nunca de un liderazgo capaz de matizar y pensar en las enormes complejidades sociales, ¿seguiremos siendo así?